← NotasLos hackers son los artistas del siglo XXI
Rodrigo Cañete mira a los hackers y encuentra una pregunta incómoda para el arte contemporáneo.

En su libro Historia a contrapelo del arte argentino, Rodrigo Cañete se pregunta si los hackers son los artistas del presente.
En ese momento del libro, Cañete nos habla de una larga tradición que pretende reemplazar a los políticos por ingenieros. Una tradición en la que recién con los CEO de las compañías tecnológicas comienzan a aparecer figuras con semejante poder.
Esto trajo “la naturalización de delegar a compañías y apps el proceso de decisión de lo que necesitamos y lo que no”. Compañías como Facebook y Google, por dar dos ejemplos, “brindan eficiencia y ordenan nuestra vida a través de algoritmos que son la fuente real de su poder”.
Luego de esta frase, el autor se pregunta: “¿Son estos algoritmos, entonces, los nuevos objetos estéticos?”.
“El algoritmo no siente ni piedad ni justicia, sino que simplemente hace”.
Cañete responde su pregunta. Antes, recurre a una cita de Ronald Coase, premio Nobel de Economía: “Hay que torturar a los datos hasta que confiesen”. Según Cañete, el problema con toda tortura es que el torturado termina diciéndole al torturador lo que este quiere escuchar. “Por ello, al fin y al cabo, no hay nada estético en un algoritmo”.
Para ir cerrando, nos dice: “Zuckerberg puede cambiar nuestras preferencias sin que nos demos cuenta y, así, nuestra voluntad”. También afirma que “los algoritmos han empezado a desplazar las tareas burocráticas antes realizadas por seres humanos y pronto empezarán a reemplazar tareas más creativas. En este contexto, el algoritmo se está convirtiendo paulatinamente en el gran enemigo de la mente creativa y de la cultura”.
El algoritmo quizá no sea una obra de arte, pero quienes diseñan los sistemas que organizan nuestra percepción cumplen una función que antes pertenecía, en parte, a los artistas. En ese sentido, el hacker ocupa una función artística cuando usa las reglas como material y logra, con ello, construir una posibilidad nueva.
El arte moderno no solo producía obras, sino que también intentaba alterar la manera de mirar y pensar la sociedad. Hoy, los sistemas tecnológicos hacen algo parecido, pero a una escala mayor: organizan lo que vemos y el orden en que lo vemos.
Por eso, el nuevo objeto artístico no sería un algoritmo aislado, sino el ambiente social que estos sistemas logran producir. El hacker toma el lugar del artista cuando no se limita a utilizar un sistema: descubre sus reglas, interviene sobre ellas y encuentra posibilidades no previstas.
Ambos, artista y hacker, trabajan sobre convenciones existentes. El artista interviene las reglas de representación; el hacker, las reglas de un sistema.
Esta idea cobra más fuerza cuando tenemos en cuenta que los hackers valoran la elegancia. Un buen hack no solo tiene que funcionar, sino también hacer visible que la posibilidad creada estaba contenida dentro del sistema, aunque nadie la hubiera advertido.
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Las compañías tecnológicas tomaron esta cultura para construir sistemas que sus usuarios no pueden modificar. Facebook logró apropiarse del lenguaje que cuestionaba el sistema y transformarlo en el lenguaje del nuevo sistema.
No abandonaron la cultura, sino que invirtieron su dirección. Dejó de ser el usuario quien tenía el control sobre la herramienta y pasó a ser la herramienta-plataforma la que experimenta e interviene sobre el usuario a través del aprendizaje.
