Pluralistic · Ensayo · 12 min de lectura

Doctorow: los derechos de autor no protegen a los creadores

En "Priceful", publicado el 28 de septiembre, Cory Doctorow sostiene que ampliar la propiedad intelectual no protege a los trabajadores creativos frente a la inteligencia artificial, y que la única vez que le ganaron fue con derechos laborales.

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Informe ejecutivo

Ampliar los derechos de autor no protege a quienes crean.

Doctorow sostiene que los derechos de autor, como todo derecho de propiedad, le dan a los creadores algo más para vender barato en un mercado concentrado. Lo que sí les sirvió frente a la IA fueron los derechos laborales, como mostró la huelga de guionistas de Hollywood.

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Mapa del texto

  1. Una etiqueta discutida

    Doctorow retoma una vieja discusión entre los activistas de derechos digitales: ¿por qué llamamos «propiedad intelectual» a un conjunto de leyes que regulan cosas tan diferentes? Su crítica tiene dos partes. La primera crítica es que el término agrupa derechos que tienen propósitos distintos. Los derechos de autor, por ejemplo, buscan incentivar la creación de obras y tienen una duración limitada. Las marcas comerciales, en cambio, buscan evitar que los consumidores confundan los productos de una empresa con los de otra y pueden renovarse indefinidamente. La segunda crítica es más profunda: la palabra «propiedad». Doctorow recupera una distinción histórica. Los derechos de autor y las patentes pueden entenderse como monopolios temporales concedidos por el Estado para cumplir determinados objetivos, como incentivar la creación y la innovación.

    Sin embargo, cuando los llamamos «propiedad», tendemos a interpretarlos como si fueran equivalentes a poseer una casa o una bicicleta. Bajo esa lógica, cualquier utilización sin permiso parece un robo y cualquier limitación de esos derechos, una expropiación.

    Para Doctorow, presentar estos monopolios legales como una forma de propiedad fue una operación de lenguaje extraordinariamente exitosa. Transformó una discusión sobre qué derechos exclusivos conviene conceder, durante cuánto tiempo y con qué límites, en una discusión sobre la defensa de algo que supuestamente pertenece a alguien por naturaleza.

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  2. Qué es, en realidad, la propiedad intelectual

    Aunque el autor les da la razón en parte, hace años propone otra lectura: la propiedad intelectual es cualquier ley que le permite a una empresa ir más allá de sus paredes para controlar a sus competidores, a sus críticos y a sus clientes. Esa definición la pone entre las cosas que las corporaciones hacen para controlarte. Y hace poco se dio cuenta de que la palabra "propiedad" también se puede usar en contra de quienes la invocan.

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  3. La privacidad se arregla con consentimiento

    Su ejemplo es la privacidad. Hoy funciona como una propiedad que uno vende al aceptar términos de uso: casi cualquier comercio pide instalar una aplicación que se queda con todos tus datos a cambio de nada. Y como uno "firmó un contrato", recuperar esa privacidad, por ejemplo bloqueando rastreadores, lo convierte en el tramposo. Doctorow propone otro marco, el del consentimiento en lo sexual: nadie puede hacerte nada sin tu consentimiento informado y continuo, y podés retirarlo en cualquier momento. Con esa regla, la industria de la vigilancia comercial dejaría de existir, porque nadie da un consentimiento informado a términos de uso interminables, y aunque lo diera podría retirarlo.

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  4. Más derechos de autor, creadores más pobres

    Lo mismo pasa con los derechos de autor. En cincuenta años se amplió en todas sus dimensiones: cubre más obras, restringe más usos y castiga con multas más altas. Y en ese tiempo las empresas de medios se enriquecieron mientras los creadores se empobrecieron. Doctorow lo ve como la lógica de la propiedad: quien tiene un activo pero no tiene poder de negociación termina vendiéndolo barato. En un mercado dominado por cinco editoriales, cuatro estudios, tres discográficas, dos empresas de aplicaciones y una de libros electrónicos, darle más derechos de autor a un creador es darle más para ceder. Lo compara con darle más plata para el almuerzo a un chico víctima de acoso escolar.

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  5. Los juicios contra la IA los impulsan las empresas, para cobrar licencias

    De ahí que considere un callejón sin salida la discusión sobre derechos de autor y entrenamiento de inteligencia artificial. Los estudios de Hollywood y el New York Times demandan a las empresas de IA para que el entrenamiento se pague con licencias, es decir, para cobrar por los datos que después usarían para reducir personal. Según Doctorow, esas demandas dejan intacta la posibilidad de que la IA reemplace a sus escritores. Si ganan, van a cambiar sus contratos para que cada creador ceda el derecho de entrenar modelos con su trabajo. Es una pelea para ver quién se queda con la mejor parte cuando los creadores son el menú, y lo que los creadores quieren es salir del menú.

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  6. Lo que sí funcionó

    Eso lograron los guionistas de Hollywood con su huelga, que Doctorow considera la única vez que los trabajadores creativos le ganaron a la IA. Lo lograron con derechos laborales: el sindicato de guionistas conserva la negociación colectiva con todos los estudios a la vez, una forma de negociación por sector casi prohibida en Estados Unidos desde 1947 que sobrevive en Hollywood. Con eso, miles de trabajadores independientes pusieron límites a la IA en las salas de escritura y conservaron el derecho a usarla o no sin que les bajen los sueldos.

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  7. Final

    Para Doctorow, a los trabajadores creativos los llevaron de paseo: les dijeron que eran pequeñas empresas, y que los derechos de autor eran mejores que los derechos laborales porque le ponen precio a su obra. Él da vuelta el argumento. Solo se le pone precio a lo que vale tan poco que se puede decir cuánto vale. Las personas no son propiedad, y por eso no tienen precio.

    Cierra aceptando la palabra de sus adversarios: que las empresas digan que tienen propiedad intelectual, y que admitan así que buscan controlar a sus críticos, clientes y competidores. Ellas pueden quedarse con lo que tiene precio; los trabajadores, con la autonomía y el consentimiento.

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“Las personas no son propiedad, y por eso no tienen precio.”

Cierra el ensayo dándole vuelta la palabra: que las empresas se queden con lo que tiene precio, y los trabajadores con la autonomía y el consentimiento.

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