ben-evans.com · Ensayo · 10 min de lectura

Benedict Evans: la IA no reemplaza el trabajo de cambiar una empresa

En "AI, tools and transformation", del 3 de septiembre, el analista Benedict Evans discute una idea muy repetida en tecnología: que si con IA cualquiera puede hacer una herramienta en minutos, el software de las empresas se vuelve innecesario.

Benedict Evans en Web Summit Venture, 2021Leer texto completo ↗
Informe de lectura · Un texto extenso, condensado y contextualizado.
Informe ejecutivo

Escribir herramientas nunca fue la parte difícil.

Evans sostiene que la IA no va a barrer con el software de las empresas porque escribir herramientas nunca fue la parte difícil: lo difícil es darse cuenta de qué hay que automatizar, decidir cómo, y lograr que toda la organización lo adopte.

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Mapa del texto

  1. Una empresa llena de software y de tareas repetitivas

    Evans parte de una imagen conocida para cualquiera que haya trabajado en una empresa grande: una compañía típica de Estados Unidos tiene cientos, quizás miles, de programas distintos. Muchas veces la empresa ni siquiera sabe cuánto tiene, qué se usa y qué está pagando. Y aun así, dice, sigue llena de tareas aburridas y repetitivas.

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  2. La tentación del constructor de herramientas

    Frente a eso, es tentador pensar que la inteligencia artificial va a barrer con casi todo. Evans recuerda un viejo chiste: un ingeniero es alguien capaz de pasar una hora construyendo una herramienta para automatizar una tarea que lleva diez minutos. Con IA, esa herramienta se hace en cinco minutos, sin saber programar, o directamente se le pide al modelo que haga la tarea. El software dejaría de ser un conjunto de programas fijos para volverse algo espontáneo, y se podría automatizar muchísimo más con mucho menos. Para quien construye herramientas, admite Evans, la idea es embriagadora. Pero sostiene que entiende mal de dónde sale el software, cómo lo usa la gente y cómo cambian las empresas.

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  3. La mayoría de la gente piensa en su trabajo y casi nunca en cómo cambiarlo

    Su primer argumento es que casi nadie es un constructor de herramientas. En Silicon Valley es fácil olvidarlo, porque todo el mundo vive de inventar formas nuevas de hacer las cosas. Un gran abogado de familia pasa el día con sus casos y sus clientes, y rara vez se pregunta qué software de búsqueda legal le haría falta; un gran vendedor piensa en su producto y sus competidores, y casi nunca en cómo automatizar su agenda. Por eso, dice, la tarea a automatizar puede estar a la vista y quien la hace no verla.

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  4. Lo difícil nunca fue escribir el código

    El segundo argumento va más al fondo. Lo que se automatizó en las últimas décadas casi nunca era obvio: muchas veces el problema estaba escondido dentro de otra cosa, y la solución exigía redefinirlo. Detrás de muchas empresas exitosas de software, recuerda, hubo media docena de intentos fallidos que no encontraron el enfoque correcto. Y aun con la idea correcta, un proceso que toca a cientos de personas, en una empresa, no lo cambia una sola persona.

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  5. Lo formal y lo improvisado

    Evans propone un marco para pensarlo. Las tareas centrales de una empresa viven en sistemas formales, donde alguien ya definió la manera correcta de hacerlas. Las excepciones y los casos raros se resuelven a mano, en planillas, mails, carpetas compartidas, PDFs o llamadas. Cuando una de esas soluciones improvisadas se vuelve frecuente, importante y riesgosa, la empresa la formaliza, y así termina con cientos de aplicaciones. Es un ciclo continuo de juntar y separar funciones, que ya se vivió con el paso a las aplicaciones en la nube. Para Evans, la IA entra en ese ciclo como un espacio improvisado más, al lado de Excel y del mail.

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  6. Repartir IA a todos fue apenas el comienzo

    Así lee lo que pasó en los últimos tres años. Las grandes empresas le dieron a todo el mundo Copilot, ChatGPT o Claude. Evans lo compara con repartir computadoras en 1983 o navegadores en 1997. Había que hacerlo. Transformar el procesamiento de facturas de un banco o armar la venta online de un comercio exigió otro tipo de trabajo.

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  7. Final

    Evans cierra con tres preguntas que, según él, toda empresa tiene que hacerse ante cada tecnología nueva: cómo comprarla, construirla o implementarla; cuánto cambia su operación; y si amenaza su negocio. Darle a todo el mundo una herramienta de IA no alcanza para responderlas. Con algo de ironía, anota que todo esto multiplica el trabajo para las consultoras, justo cuando la IA pone en duda su propio modelo de negocio.

    Pero su conclusión va por otro lado. Con cada tecnología nueva, primero se la usa para hacer más rápido el trabajo que ya existía. La IA va a automatizar mucho dentro de las empresas, aunque cueste bastante más esfuerzo del que se promete. Lo que importó en cada cambio de plataforma anterior, sin embargo, fue lo que antes no era posible y que nadie había imaginado. Conviene leerlo sabiendo desde dónde habla: Evans vive de analizar tecnología para empresas y de presentarla ante directorios.

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“La IA crea opciones nuevas y mueve los umbrales.”

Para Evans, la IA cambia en qué momento conviene formalizar una tarea, dentro del ciclo entre lo formal y lo improvisado que ya existe en toda empresa.

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